Por: Juan Diego Quesada/El País de España
Robbe Street ha dejado de llamarse de una manera sospechosa
(robar, en inglés) para abrazar el nombre de toda una nación: Venezuela. Pasear
por esta calle sin apenas alumbrado y con un asfalto picado, situada en el
corazón de la populosa Georgetown, la capital de Guyana, transporta de
inmediato al centro de Caracas.
En la acera se suceden puestos de arepas, cachapas y
tequeños, comida típica venezolana. En los patios de vecinos iluminados por
bombillas que parpadean en mitad de la noche se escuchan acentos de Apure, de
Miranda, de Sucre. Un buen número de los 35.000 venezolanos que se estima que
viven en el país han hecho de este lugar su hogar.
“En Guyana hay racismo, pero también mucha plata”, dice Kenny Rodríguez, venezolano de 30 años, tres hijos, unas Oakley sin patillas, estilo snowboard. Llegó hasta aquí en una canoa desde San Martin de Turumbang, en la frontera, y comenzó a trabajar en las minas de oro y diamantes. “Pero cónchale, muchas enfermedades ahí, mucho paludismo”, recuerda. Eso le animó a venir a Georgetown y montar en los alrededores de Robbe Street un carrito de comida. Va por la calle saludando, “oye, mi pana”, “papi, qué fue”. Tiene claro que este es un sitio en el que te ganas el respeto de la gente “si no andas bandoleando”.
Este país semidesconocido, antigua colonia británica en la
que se quedó la costumbre de hablar inglés y conducir por la derecha, de solo
800.000 habitantes, vive un boom petrolero por los yacimientos que descubrió la
estadounidense Exxonmobil en 2015 frente a sus costas.
En los dos últimos años se ha notado por fin ese dinero que
entra a espuertas: en 2022 su PIB creció un 62% y se espera que este año cierre
con un aumento del 37. Ningún país registra unas cifras semejantes en el mundo
entero, según el FMI. Ahora mismo produce 400.000 barriles de petróleo al día y
los expertos calculan que en cuatro años llegarán a los 1,2 millones.
El Gobierno espera triplicar en poco tiempo la renta per
cápita de sus ciudadanos, que ahora mismo ronda los 10.000 dólares. Los
economistas no recuerdan un impacto igual en una economía en tan poco espacio
de tiempo. Guyana, de la noche a la mañana, podría ser el Dubai sudamericano.
Los venezolanos han encontrado en esta tierra de oro el
futuro que se les niega en su país. 7,7 millones han emigrado por el mundo
entero debido a la grave crisis política y económica que vive esa nación, según
ACNUR. La mayoría se ha distribuido por Perú, Colombia, Chile, Brasil, pero
unos cuantos han decidido venirse a Guyana, una nación con dos mayorías
étnicas, los afroguyaneses, descendientes de esclavos, y los indoguyaneses, que
llegaron en los tiempos de la colonia británica. Joana Flores, de 45 años,
llegó hace seis años porque no le pedían visa para entrar. No ha vuelto a salir
del país: “He hecho aquí mi vida entera, me traje a mis dos hijas y he adoptado
un bebecito negro, en un hospital de aquí”, explica en el bar que ha montado en
una esquina de Georgetown, Spanish in GT.
Empezó vendiendo tortas por la calle, juntó el dinero
suficiente y abrió este local, que ofrece desayunos y almuerzos a grupos de
trabajadores de empresas venezolanas. Por la noche se convierte en un pub con
música latina. Ella no ha sufrido ningún episodio de racismo, ni siquiera ahora
que el presidente Nicolás Maduro ha vuelto a revivir la vieja disputa por la
pertenencia del Esequibo, una región rica en minerales y petróleo que reclama
Venezuela como suya.
Lashawn, un guyanés de 23 años, en vaqueros y descalzo,
trabajador de un lavadero de coches cercano, entra a comprar un par de cervezas.
—Los venezolanos son muy cool, han venido a alegrar el
barrio —, dice en inglés.
Joana defiende Guyana con vehemencia: “gracias a este país
mis hijas hablan inglés y podrán ejercer como profesionales, cosa que en
Venezuela no podría. Esta es mi casa”. En el bar tiene tres empleados, dos
cubanos y un venezolano, un cocinero que se llama Daniel Contreras. No quiere
ni oír hablar de la disputa entre su país de origen y el de acogida por el
Esequibo, eso solo puede traer problemas y encono, distanciarla de los
lugareños. Los dos países han vivido semanas de tensión, hasta el punto de que
la comunidad internacional ha temido que el asunto derivase en un conflicto
bélico.
Hace tres meses, 45 venezolanos fueron detenidos por las
fuerzas de seguridad de Guyana cuando intentaban entrar ilegalmente al país en
un destartalado bote de pesca, en la costa este de la región del Esequibo.
Llevaban sus bártulos y gallos de pelea. Un día antes, otros 80 fueron
interceptados en la frontera. Las autoridades locales creen que zarparon desde
la isla de Granada. Después de ser procesados por las autoridades migratorias,
fueron dejados en libertad
¿Para qué quiere Maduro el Esequibo? ¿Para volverlo mierda?
Se oye decir en la puerta de una vivienda de dos plantas, en
Robbe Street. Aquí viven cubanos y venezolanos mezclados en habitaciones que le
arriendan a un señor guyanés, a razón de 300 dólares al mes. La noche cae
suave, hace la temperatura idónea para lucir camiseta interior. La vida parece
liviana mientras se bebe aguardiente en las escaleras del edificio. David
Chacón, venezolano de 19 años, trabaja en la construcción. Chapurrea el inglés.
El otro día caminaba por la calle tan tranquilo cuando un grupo de guyaneses le
empujó sin motivo. Él se contuvo y siguió su camino, no quería problemas: “yo
no me meto con nadie”. El cubano Salvador González, de 48, dice haber sufrido
un par de episodios de racismo, sobre todo cuando trabajaba detrás del
mostrador de una tienda y a veces no comprendía al cliente porque todavía no
dominaba el inglés. Ahora trabaja de albañil, de plomero, de carpintero. De lo
que sea para mandar dinero a los tres hijos que ha tenido con tres mujeres
distintas.
Juan Daniel Mendoza suda por la humedad. Ha llegado a Guyana
con esposa y dos hijos.
—A mí me trajeron engañado —suelta, y hace reír al resto—.
Yo me imaginaba esto como Las Vegas pero Georgetown es feo. Eso sí, hay trabajo
y se ve plata. A veces me he sentido raro. Si en la construcción están
trabajando cinco guyaneses negros y me acerco, yo soy la oveja blanca. Hacen
como si no existiera.
En ese momento, una mujer, con un niño en brazos, se asoma
por la ventana y grita: “Maduro no sirve, ha acabado un país bello”.
El reloj marca la medianoche. Venezuela, la antigua Robbe
Street, se vacía. Mañana volverá a amanecer en esta pequeña Caracas.
